El marco institucional de la colonia Española en América – de John Lynch

Por Joaquín Tapia Guerra (*)

En estos últimos 2-3 años a veces me he preguntado si no sería buena idea reseñar además de libros también artículos académicos. No pocos de estos son lo suficientemente largos y/o ricos en contenido como para que, a efectos de este blogsito, no haya gran diferencia. Además, si es verdad que ciertos libros no siempre llegan a manos de lectores “no especializados” — al “ciudadano de a pie,” como se dice en Bolivia — lo mismo ocurre, y ocurre aun más con artículos académicos. Explorando este tipo de literatura es posible ver por ejemplo que hay temas que llevan décadas formando parte del debate en historia de América Latina, aportando una valiosa perspectiva sobre el presente, y que sin embargo el público general en gran parte desconoce. Y desconoce, creo yo, sin haber ya una razón de peso. Para acceder a la información “especializada,” solía ser que a uno había que equiparlo con una matrícula de estudiante, pero ahora, cada vez más, es una decisión que cualquiera tiene en sus manos. Casi siempre se puede hacer de forma gratuita. Solo es cuestión de saber dónde buscar en internet, tomar nota de nombres y títulos, y adaptarse a leer a veces con una app de traducción a la mano. A modo de invitación a hacer justamente eso, lo que sigue es mi reseña de un artículo académico escrito por uno de mis historiadores favoritos.

Primero un breve resumen

El marco institucional de la colonia Española en América es un ensayo acerca de qué “detalle crucial” tuvo que ver con la erosión de la autoridad de gobierno en la América colonial. Sus partes principales son un balance entre dos diferentes políticas de estado que la corona Española practicó antes y después de 1750, o sea, alrededor de lo que se llama el periodo de “reforma Borbónica.” Pero antes, en los primeros párrafos, hay una especie de estado de la cuestión, una breve reflexión sobre cómo el estudio en sí de historia colonial había evolucionado hasta los 1990s. Esto para decir, primero, que el “derecho indiano,” la vieja escuela, y la otra más reciente escuela de la historia social funcionan mejor combinando fuerzas. Segundo, que su combinación ha permitido ampliar lo que se sabe sobre por qué, para empezar, hubo una primera y después una segunda época colonial más o menos a partir de 1750. El susodicho “detalle crucial” viene a ser esto último: por qué, e involucra un cierto tipo de alineamiento — “fruto de la experiencia” aunque “teóricamente ilegal” — que fue rompiéndose ya desde inicios de los 1600s.

Lynch nació en Boldon, al norte de Inglaterra. Estudió historia a inicios de los 1950s en la University of Edinburgh y luego historia de América Latina en la University College London. Su tutor de doctorado fue Robin Humphreys, que fue el primer catedrático de estudios Latinoamericanos del Reino Unido. Humphreys, diría después, fue quien dirigió su atención hacia fines del siglo 18, un periodo poco conocido en aquella época. Eso lo llevó a estudiar la relación entre metrópoli Ibérica y colonias Americanas, y en última instancia “las raíces profundas” de la independencia, de una manera hoy ampliamente vista como innovadora. Por ejemplo, el historiador Argentino Tulio Halperín Donghi, él mismo una autoridad en la materia, se ha referido a Lynch como un “maestro historiador” y a su ensayo de 1983 Bolívar y los caudillos como “una pequeña obra maestra”. Lynch enseñó historia Latinoamericana en la University of Liverpool (1954-61) y la University College London (1961-87), donde también fue director del ILAS hasta su jubilación (1974-87). Escribió muchos artículos y más de una docena de libros, incluyendo biografías de Rosas, Bolívar y San Martín. El artículo que reseño aquí se publicó en 1992 y nuevamente, en una colección de ensayos, en 2001.

El artículo en cuestión

La idea principal de Lynch es que desde los días de la conquista a inicios de los 1500s, una red de quid pro quos tomó forma poco a poco y en efecto pasó a ser lo que llamamos hoy la sociedad colonial Americana. En lugar de depender de dinero público (desembolsos directos de la corona), los viajes y batallas de la conquista se financiaban con una especie de capital semilla de la época: “una iniciativa privada,” explica. Contratos de adelantos en efectivo y cuotas de botín de guerra a futuro, ambos un tipo de crédito, resolvieron primero la necesidad de suministro de armas, luego se transformaron en “concesiones de mano de obra y recursos,” luego en “intereses prebendados en tierra, minería y comercio.” Fue este proceso el que “consolidó las élites locales,” sostiene. Una consecuencia decisiva, a medida que la burocracia era también absorbida en la órbita local, fue que las instituciones del estado colonial pasaron a reflejar “no solo la soberanía de la corona” en la Península, sino también “el poder de las élites” en América. Y a pesar de “toda la ligazón” estas dos fuerzas “nunca llegaron a fusionarse.”

Lynch cita dos episodios de desencuentro entre ellas. Uno es de Mayo 1659, cuando Fray Francisco de la Cruz, en calidad de “superintendente,” fue enviado a la ciudad minera de Potosí (actual Bolivia) para inspeccionar la distorsión de la mita (un sistema de reclutamiento laboral obligatorio recuperado de tiempos precoloniales por los Españoles). Cruz observó abusos por parte de los propietarios de minas contra los Indios reclutados para la mita, y “adoptó una postura férrea a favor de los Indios,” dice Lynch. Cruz también descubrió que la mita ya no se entregaba como mano de obra sino en plata, y que en lugar de remitirse en su totalidad a la corona, cerca de la mitad de estas considerables entregas se quedaba en manos de los propietarios de minas, para ser usada contratando mineros cuentapropistas o como una renta por la propiedad de minas en sí. Inmediatamente Cruz “ordenó poner fin” a todo esto, o eso intentó, al menos. Su iniciativa fue truncada cuando apareció asesinado una noche de Abril 1660, “víctima de veneno en su chocolate caliente.”

El otro episodio fue por el hallazgo de monedas de plata devaluadas en la acuñación de Potosí. La corona necesitaba esta moneda para pagar a sus acreedores en Europa, pero a partir de 1633, en vista de su baja ley, los acreedores se negaron a seguir aceptándola. Entonces se determinó enviar un oficial que era similar a Cruz en el alcance de sus potestades, Francisco de Nestares Marín, a restaurar la acuñación de Potosí y multar a los responsables del “fraude.” Lynch dice que en 1650 este hombre mandó ejecutar a garrotazos a uno de ellos, cosa que podría haber sido un fatal error, pues él a su vez acabaría muriendo la misma noche que Cruz, según Lynch, “en circunstancias igual de sospechosas.” Pero aclara Lynch que un error aún peor por parte de la corona, al tiempo que nombraba enviados especiales como Cruz y Nestares, fue permitir la venta de cargos públicos a personas del mismo círculo que quienes habían sido hallados culpables de mala conducta. Coincidentemente esto también empezó a ocurrir en 1633 y cobró impulso a partir de 1687, a medida que se ponían a la venta cargos de rango cada vez de más alto.

Lynch sostiene que la venta de cargos públicos significa que la corona en cierto modo “era partícipe del acuerdo.” Aunque le habría convenido abolir la mita y restaurar la acuñación de Potosí, la corona era reacia a actuar con más fuerza “por miedo” a que la economía minera “colapsara.” Y a provocar “resistencia y rebelión” entre las élites locales. Había demasiados intereses interconectados. Los comerciantes que devaluaban la moneda eran “a menudo las mismas personas que avanzaban créditos a las minas” y “garantizaban un salario” a los funcionarios públicos. Los funcionarios públicos a su vez, “con complicidad de los caciques,” imponían a los Indios demandas de mano de obra y recursos que socavaban el monopolio de la corona. Lynch describe esta cadena como “un patrón clásico de consenso” que infringía la ley a todo nivel. Sin embargo, dice, con el cambio hacia el “absolutismo” Borbónico alrededor de 1750 el patrón no cambió, solo fue agitado y hecho más difícil de gobernar. En efecto la corona estaba entonces intentando purgar los cargos públicos de intereses Americanos cuando, en opinión de Lynch, el “resultado lógico” debió haber sido “más consenso” y sentar las bases de un “desarrollo político” independiente.

Mi comentario

Este artículo de Lynch abarca varios temas de historia colonial en pocas páginas, así que probablemente sea bueno leerlo al lado de otras fuentes más descriptivas sobre esos temas o, en su defecto, mucha Wikipedia. Al menos eso es lo que he tenido que hacer yo para avanzar con la lectura. Lynch es ameno de leer; existen bastantes comentarios elogiando su claridad y buen estilo. Pero ciertas cosas, por ejemplo aquí su concepto de “consenso colonial,” me parece que son fáciles de malentender sin contexto. Según lo que dice, esto no significa que hubo alguna vez un “pacto” entre el rey de España y unos cuantos traidores a la patria, sino más bien una especie de “tradición de regateo” entre lo que las partes involucradas insinuaban pero nunca pedían abiertamente y lo que realmente estaban dispuestas a conceder. O sea una forma de manipulación mutua por medio de andarse con rodeos. Dicho así seguramente no ha de sonar muy halagador, pero para Lynch tiene el mérito de reconocer el rol del mediador político en su paso de oficial de la corona a aliado de las élites locales: “su trayectoria de funcionario sin sueldo a empresario local.”

El otro dilema grande acerca de qué se entiende por “élites locales” depende de a qué periodo, a qué virreinato, a qué pequeño y remoto pueblo se refiere la pregunta. Había sí un uso consciente de lazos familiares y clientelismo para asegurarse influencia, como dice Lynch. Al parecer había también cierto tipo de preferencia en ello, porque la gente buscaba nombramientos “sobre todo en sus propios distritos,” llegando incluso a referirse a ellos como “patrias.” Esto es lo que lleva a Lynch a cuestionar la reorganización Borbónica del estado colonial. Él la ve como un intento de retroceder en el tiempo cuando ya claramente había signos de apego regional, es decir, de identidades Americanas en ciernes. Esto desde luego no fue beneficioso para la población indígena. De hecho, como lo pone Lynch, “existía ahora competencia entre explotadores.” De todos modos, conviene recordar la enorme cantidad de tiempo que está aquí en juego. Como digo, en su discusión Lynch atraviesa cientos de años, desde los días de Atahualpa y Pizarro hasta la era de las “rebeliones a gran escala” que empezó a mediados de los 1700s. En todo ese tiempo, la composición étnica y cultural de la sociedad colonial en América fue menos fija de lo que nuestra imaginación hoy en día es capaz de aceptar.

(*) Joaquín Tapia Guerra es crítico literario y cineasta.

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