Por Guido Alejo (*)
En febrero de 2003 varios negocios en el centro de La Paz fueron saqueados de forma masiva después del repliegue de la policía por enfrentamientos con el ejército con un saldo de más de 30 fallecidos. El paro era generalizado, no solo de la COB sino del servicio de transporte. Cientos de comerciantes levantaron trincheras y se enfrentaron con los vándalos durante varias horas.
Este fenómeno no solo se da en nuestro país, son comunes en otros países de Latam, Argentina, México, Colombia y otros países, especialmente en accidentes carreteros con actos de rapiña masiva. Incluso en los EEUU se han visto casos similares, San Diego 2021, Charlotte 2023, Illinois 2025. Lo que implica que estos actos no son exclusivos de una región o población concreta.
Si bien los especialistas podrán indagar más, un hilo conductor de la rapiña y saqueo es el efecto de masa, es decir, ante la oportunidad de obtener dinero fácil la responsabilidad individual se diluye y bajo el amparo del grupo, el anonimato permite realizar aquello que es impensable.
Ante ello se suelen construir argumentaciones, por ejemplo una justicia redistributiva «ladrón que roba a ladrón»… y en parte es algo visto en la tragedia de El Alto.
No hay que esencializar. Como en cualquier urbe, hay malandros que instigan a actos de violencia y el instinto de oportunismo que les da lugar. Ello puede hacerse más presente en sociedades precarizadas con altos índices de desigualdad, aunque el efecto de masa también se da en otros estratos sociales pero de forma más sutil para preservar status y apariencias. Pero no solo esta faceta se hizo visible en el lugar de los hechos de la tragedia alteña.
De forma paralela, opera una indignación en otros grupos presentes en el sector que están indispuestos a acatar a las instituciones del orden por lo que representan. La policía y los militares son identificados como agentes corruptos al servicio de un Estado aún más corrupto y responsable de la tragedia.
Hoy, 28 de febrero, se ven escenas en los que la misma población levanta los restos humanos, prenden velas, realizan ofrendas y levantan oraciones por los fallecidos, mientras protesta contra los policías y militares empeñados en proteger el avión. Este es un sentimiento de indignación y humanidad que muestra empatía y sensibilidad radicalmente diferente a lo mediáticamente difundido el día de la tragedia, en los que —hay que decirlo— hubo mucha gente que ayudó a los heridos, pero los energúmenos quieren ver todo lo contrario.
Y es esta energumenada tóxica la que se empodera en redes y profiere sus estupideces con orgullo. Linchar a El Alto es un deporte recurrente, un medio para racionalizar odio, desprecio y racismo.
Generalmente ya no son muestras de ignorancia, sino de patologías sociales muy internalizadas. Sus actos también responden al amparo del grupo, de una forma similar a los saqueadores, destilar odio de forma colectiva suele deshinibir y exculpar. Con la racionalización del odio, opera la construcción de argumentaciones al amparo de una supuesta superioridad moral y cognitiva, en los que las poses suelen ser fundamentales, a pesar de ser solo ello, poses.
Como tales reacciones suelen ser irracionales e instintivas, no es previsible que puedan corregirse con educación ni información, aunque tal vez se atenuen con el pasar de algunas generaciones.
Me quedo con las reacciones de solidaridad y empatía, aquellas constructivas y propositivas, tan llenas de humanidad como las de la imagen. Estas son las reacciones mayoritarias, las más representativas de la ciudad de El Alto.

(*) Guido Alejo es arquitecto y pensador alteño gjalejomamani@gmail.com