Por Wilmer Machaca (*)

Ayer se produjo un accidente aéreo en Bolivia que cobró al menos la vida de 15 personas y dejó una veintena de heridos. Un hecho doloroso que rápidamente se desbordó en especulaciones, desinformación, estigmatización y juicios morales atravesados por la polarización.
Si algo caracteriza esta época es el uso masivo del celular. Todo queda registrado, incluso de manera descarnada. Desde los primeros minutos circularon grabaciones de vecinos filmando desde sus casas, en medio del llanto y el miedo. Hubo personas directamente afectadas; una de ellas relataba en estado de shock cómo una parte del avión la impactó, mostrando en ese mismo instante el panorama con personas fallecidas dispersas.
En esos primeros momentos lo que se percibe es miedo y consternación. La mayoría de esos registros eran grabaciones, no lives ni contenidos editados. Los lives vinieron después.
Según los relatos, los bomberos llegaron aproximadamente 15 minutos después del accidente. Para ese momento ya se empezaba a ver la aglomeración alrededor del dinero que estaba en fajos desparramados en el terreno.
Ante el poco personal de control, algunas personas comenzaron a recogerlo, hasta que fueron despejadas con agua. En al menos tres transmisiones que observé había más de 30 mil personas conectadas o más. El foco dejó de estar en los heridos y pasó al dinero. Esos lives no solo registraron el hecho, también lo amplificaron. La propia conectividad hizo que más personas se acercaran al lugar.
Es evidente que la aglomeración terminó interfiriendo con las labores policiales y de rescate. El conglomerado de gente, motivado también por lo que veía en tiempo real, dificultó el control. Eso es un hecho, pero esa gente llego despues. Pero es distinto a afirmar que la gente pasó por encima de los muertos para ir por el dinero. En los primeros minutos se ve a la policía trasladando cuerpos y heridos sin mayores complicaciones.
Hay además un elemento técnico importante. Los primeros lives en TikTok, al provenir de cuentas sin gran número de seguidores, no se clipearon ni se preservaron. Los registros más completos de esos primeros momentos están en Facebook. Un medio que comenzó a transmitir aproximadamente 20 minutos después del accidente fue Vos TV, de El Alto. En esas imágenes no se observa el caos que luego se instaló; además, la mayoría de los cuerpos y movilidades impactadas estaban a cierta distancia del punto donde finalmente se detuvo el avión y donde estaba el dinero.
¿Qué ocurrió entonces? Que la falta de información fue sustituida por especulación.
Las primeras versiones surgieron en el propio territorio. Se preguntaba de dónde y para qué tanto dinero transportado en un avión militar. Se decía que el avión estaba partiendo con dinero, cuestionando por qué lo hacía si el Banco Central está en La Paz.
Circularon versiones de que policías y militares se lo estaban llevando, luego que lo sacaban en ambulancias. Se habló de narcotráfico, de las 32 maletas con lavado de dinero, de que estaban quemando billetes para encubrir pruebas.
No hubo pruebas de nada de eso. Muchas de esas narrativas responden a la paranoia del momento, que asocia transporte militar o ambulancias con escenarios de conflicto o con casos que quedaron sin explicación, como el de las 32 maletas llegadas desde Estados Unidos.
Más tarde, ya en el plano digital, comenzó a circular otra versión: que el gobierno estaba imprimiendo billetes para inflar la economía. Esa interpretación no formó parte de las primeras versiones territoriales, sino que apareció después en redes, mezclando el accidente con temas económicos para cuestionar al gobierno.
También se viralizó una imagen de una bolsa de dinero embarrada con lodo de billetes de 100, 50 y 20 bolivianos que no correspondía al hecho. La vi inicialmente compartida por un periodista digital y luego replicada por casi todos los medios, incluido El Deber y Red Uno. La imagen era a plena luz del día, mientras el accidente ocurrió al atardecer y con cielo nublado. Además, el dinero en el lugar estaba en fajos, no con ligas. Sin embargo, esa imagen alimentó la narrativa de dinero ilícito y reforzó la idea de lavado o narcotráfico.
Circularon incluso imágenes generadas con inteligencia artificial del avión rodeado de dinero, y personas haciendo cálculos sobre cuánto podía transportar según el peso. La especulación fue creciendo.
A eso se sumaron errores comunicacionales del gobierno. En un inicio se señaló que los billetes no tenían valor legal; luego el presidente del BCB indicó que sí correspondían a una serie específica. Se habló de publicar las series y de que no tendrían valor, algo que en la práctica es difícil de controlar, pues lo más probable es que terminen circulando.
Persisten además preguntas legítimas: si la empresa contratada para imprimir los valores llegó en vuelo, ¿por qué no aterrizó directamente en La Paz? ¿Por qué utilizar un avión militar?
En paralelo apareció el juicio moral. En las decenas de lives, algunos con 30 mil o 20 mil personas conectadas, los comentarios que se volvían populares eran «alteños delincuentes», «alteños rateros», «que los maten de una vez». Comentarios con miles de reacciones. El algoritmo hace lo suyo: cuando un comentario se posiciona arriba, basta copiarlo y pegarlo para reforzarlo. Mucha gente ya no escribe, simplemente replica. Así se construye una sensación de consenso abrumador. Hay quienes lo hacen con intención, pero también hay quienes simplemente se suman al escarnio. Esa combinación multiplica el efecto.
Cuando ocurren estos hechos, el juicio suele instalarse rápido desde la moral. Se armó de inmediato la idea de que la gente, en vez de ayudar, estaba pensando en el dinero. Las redes se llenaron de indignados, algo que en las plataformas funciona muy bien.
El comportamiento colectivo en escenarios de conmoción puede ser instintivo y desbordado. Ha ocurrido antes. Tras la llegada de Speed a Santa Cruz, miles de personas ocasionaron disturbios y agredieron edificios públicos. En 2003, durante el conflicto entre militares y policías en La Paz, el desborde terminó con quema de instituciones y partidos políticos. En esos contextos suele hablarse de personas que aprovechan el caos. Ese tipo de desborde no es exclusivo de un territorio.
Más allá de eso, hay que considerar las condiciones materiales. Hay quienes, como Leonel Francese, llamaron “miserables” a quienes intentaron o recogieron dinero. Cada quien habla desde la posición social que ocupa y desde la realidad económica en la que vive. Lo que ocurrió puede tener varias explicaciones: la pobreza y precariedad que atraviesan muchas familias; la presencia de personas inadaptadas o que aprovechan el desorden; incluso una reacción colectiva casi instintiva al ver dinero en el suelo, algo que no es exclusivo de Bolivia y que se ha visto en accidentes similares en otros países.
En el caso boliviano, al ver a personas adultas mayores o a señoras con su wawa intentando recoger dinero, la pregunta no debería ser inmediata ni simplista. ¿Se trata simplemente de delincuencia o de una reacción atravesada por la realidad económica que viven? El costo de vida no ha bajado, la crisis se ha profundizado; no comenzó con este gobierno, pero se ha agravado. Hay familias que ya no compran carne como antes. Eso no convierte el acto en correcto, pero sí obliga a mirar el contexto antes de transformar un hecho puntual en identidad criminal colectiva.
Y aquí es donde esto deja de ser un hecho aislado.
En 2020 pasaron dos tragedias parecidas en universidades públicas. En la Universidad Pública de El Alto, tras una asamblea estudiantil, el desborde fue tal que las barandas cedieron y varios estudiantes cayeron. Hubo fallecidos. Ese mismo año, en la Universidad Tomás Frías de Potosí, durante una asamblea en un coliseo, alguien lanzó gas lacrimógeno y el pánico provocó una estampida que también terminó con estudiantes muertos.
En Potosí, la conversación se centró en quiénes organizaron, quiénes convocaron, quién lanzó el gas. La responsabilidad se discutió en términos concretos.
En el caso de El Alto, en cambio, el lenguaje cambió rápido. No se hablaba solo de responsables directos. Se hablaba de «hordas», de «salvajes», de «alteños». El juicio dejó de ser sobre un hecho específico y pasó a ser sobre identidad.
Eso no aparece de la nada. Se activa porque desde 2019 se fue instalando una narrativa que racializa y territorializa la violencia política. Ese marco quedó ahí, disponible, y cada vez que ocurre un hecho conflictivo en El Alto vuelve a ponerse en marcha casi automáticamente. Ayer volvió a ocurrir.
Y muchas veces no es el dolor por las personas fallecidas lo que moviliza la «indignación» de tantos, sino la posibilidad de confirmar un prejuicio que ya estaba construido y esperaba una ocasión para reaparecer.
(*) Wilmer Machaca es sociólogo, investigador y analista de datos.